Ya no quiero
seguir viendo tus pies descalzos desde
el balcón de mi habitación…
Allí, escondido,
tímido e ingenuo… pasan lentas las agujas del reloj, como si esperaran por
algo, ese algo que yo no sé.
Sentado en mi
desván la lluvia me vuelve a alcanzar… yo trato de huirle, pero mis movimientos
son inútiles, ella siempre sabe llegar a donde estoy. Llega en su momento
exacto, sin previa cita.
Al espejo me
miré… y allí te encontré, entre mis ilusiones y recuerdos, donde conviven la
realidad y la ficción. ¡Se congelo mi corazón! Tu mirada habló por tus labios,
ligero el paso del caballo cuando corre en libertad…
Sentí el momento
tan mío, que tome unas hojas y escribí lo que sentía, ¡las huellas que dejo tu corazón!
¿Por qué aún las sentía? ¿Son tan firmes como el invierno es tan triste? ¿O tan
superficiales como huellas en la arena? Que al más suave oleaje, se funde entre
las sales.
En mis manos
estaban tus huellas, tomé para mí las más bellas… las decoré con las flores
menos comunes y las miré cada mañana con amor. Las cuidé para tenerlas conmigo
siempre.
Tus huellas imperfectas las eche al fuego…
allí se consumieron nuestros pecados, nuestros errores, lo que no me dejaba
seguir… entre cenizas quedo lo que sabemos tu y yo. Las llamas lavaron tus
manos, acabaron con la soga que ataba mis brazos…
En su último
suspiro me trajo la calma… bendigo tu alma.
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